Los etruscos fueron un enigmático pueblo cuyo núcleo histórico fue la
Toscana, a la cual dieron su nombre (eran llamados Τυρσηνοί (tyrsenoi) o Τυρρηνοί (tyrrhenoi) por los griegos y tusci o luego etrusci por los romanos; ellos se denominaban a sí mismos rasena o rašna). Desde la Toscana se extendieron por el sur hacia el Lacio y parte septentrional de la Campania, en donde chocaron con las colonias griegas; hacia el norte de la península itálica ocuparon la zona alrededor del valle del río Po, en la actual región de
Lombardía. Llegaron a ser una gran potencia naval en el Mediterráneo Occidental, lo cual les permitió establecer factorías en Cerdeña y Córcega. Sin embargo, hacia el
siglo V adC comenzó a deteriorarse fuertemente su poderío, en gran medida, al tener que afrontar casi al mismo tiempo las invasiones de los
celtas y los ataques de
griegos y
cartagineses. Su derrota definitiva, por los
romanos, se vio facilitada por tales enfrentamientos y por el hecho de que los rasena o etruscos nunca formaron un estado sólidamente unificado sino una especie de débil confederación de ciudades de mediano tamaño. En cierto modo predecesora de
Roma y heredera del mundo
helénico, su cultura (fueron destacadísimos orfebres, así como innovadores constructores navales) y técnicas militares superiores hicieron de este pueblo el dueño del norte y centro de la Península Itálica desde el
siglo VIII adC hasta la llegada de Roma. A tal punto que los ultimos tres reyes de Roma fueron etruscos. Hacia
40 adC,
Etruria (nombre del país de los etruscos) perdió su independencia y se convirtió en una provincia del
Imperio Romano.
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